Emilia

Imagen de Emilia Pardo Bazán leyendo un libro. Foto Twitter

 

Queridos lectores de esta flamante revista digital que responde al sugestivo nombre de ladesmadrá: hoy es día de inauguraciones, empezando por este primer número de la revista, y dentro de ella la de esta sección que he dado en llamar “Al fondo a la izquierda”, en la que abordaré asuntos diversos relacionados con la literatura y la actualidad. Por ello, para estar a la altura de la feliz ocasión y corresponder al espíritu combativo de ladesmadrá, no dudé en dedicar este artículo iniciático a una escritora de fuste como Emilia Pardo Bazán porque, entre otras facetas, destacó por haber sido con valentía y lucidez una adelantada de la conciencia feminista en España. Emilia Pardo Bazán (La Coruña, 16 de septiembre de 1851-Madrid, 12 de mayo de 1921), fue muy célebre en su tiempo en virtud de sus demostradas dotes de magnífica escritora, intelectual de enorme cultura y tenaz activista -diríamos hoy- de los derechos de la mujer en una época de absoluta dominancia masculina y/o machista. Tan coherente fue con su condición de mujer libre, que cuando su marido la conminó a que dejara de escribir y publicar libros no dudó en separarse de él, por lo que recibió furibundos ataques del machismo imperante. Como el divorcio no estaba legalizado, ella renunció a comprometerse seriamente con ningún otro hombre, aunque sí mantuvo un apasionado idilio con Benito Pérez Galdós durante dos años y más tarde una relación pasajera con el empresario Lázaro Galdiano.

Doña Emilia nació en una familia gallega de ascendencia aristocrática pero sus padres, de convicción liberales, la educaron en iguales condiciones como lo habrían hecho con un hijo varón, algo excepcional en aquel tiempo, y obtuvo una sólida formación en humanidades y lenguas extranjeras que le permitió leer y hablar en inglés, francés y alemán. Esto y sus frecuentes viajes por Europa la convirtieron en una mujer cosmopolita y pudo contrastar la realidad española con la de los países europeos que visitó. Sus ansias de estudiar en la universidad se frustraron porque a las mujeres se les prohibía el acceso, así de simple y terrible, pero el premio a su constancia le llegaría a la edad de sesenta y cinco años, en 1916, cuando por méritos propios de toda una vida se ganó el nombramiento de catedrática de Literatura Contemporánea de Lenguas neolatinas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Madrid, por orden extraordinaria del ministro Julio Burell. Tal fue el revuelo suscitado por la decisión, que hubo un amplio y acalorado debate institucional (incluida la Real Academia de la Lengua, a la que también se le había negado el acceso en tres ocasiones entre 1889 y 1891) más en contra que a favor del nombramiento de doña Emilia, con lo que ella logró, pese a todas las trabas, poner en primer plano de la opinión pública el hecho mismo de que una mujer había logrado ser catedrática en aquella España patriarcal. Se sentía tan orgullosa de ello, que en la crónica del acontecimiento que se publicó en el diario bonaerense La Nación lo manifestó en estos términos: “Me atrevo a indicar, sin asomos de vanidad propia, que el hecho de mi nombramiento para tal cargo envuelve la ruptura de muchas vallas y la desaparición de muchos prejuicios. No he de negar que vengo, desde mi juventud, trabajando para que no encuentre tantos obstáculos la mujer […]. Mi acción fue personal e individual. Donde pude sentar un precedente favorable no dejé escapar la ocasión. Abrí a la mujer bastantes puertas, y ahora, las de la universidad”. Emocionan sus palabras por la verdad que traslucen. No obstante su pensamiento político conservador y reaccionario en ciertos aspectos como el sufragismo femenino, Pardo Bazán se convenció desde muy joven de que su deber principal como escritora e intelectual era la firme defensa de los derechos educativos de las mujeres en igualdad con los hombres.

Frente al triple papel que se le asignaba a la mujer de “esposa, madre y amante”, según la expresión de doña Emilia, ella reivindicó que las españolas tenían el mismo derecho a recibir la educación e instrucción pública que sus compatriotas machos, lo que redundaría no ya en el progreso de las mujeres, sino obviamente en el del país, que se beneficiaría grandemente de ello. Baste añadir que en 1860 el analfabetismo de las mujeres españolas llegaba al 90% y que cuarenta años después, en 1900, aún ascendía al 71,4%, frente a un 55,7% de los hombres… Tremendo. En uno de sus numerosos artículos sobre la cuestión, Pardo Bazán lo explicaba así de claro: “Todo el cambio social que se ha producido en España a lo largo del siglo XIX, debiera haber traído como consecuencia una evolución de la condición femenina; sin embargo, el hecho no se ha producido, y lo sorprendente es que el hombre de la España nueva, que anheló y procuró ese cambio radicalísimo, no se haya resignado aún a que, variando todo -instituciones, leyes, costumbres y sentimientos-, el patrón de la mujer también variase, y no cabe duda: el hombre no se conforma con que varíe o evolucione la mujer. Para el español, por más avanzado que sea […], el ideal feminista no está en el porvenir, sino en el pasado” (La mujer española y otros escritos).

Por eso, en otro de dichos artículos sentencia sin tapujos: “La educación actual de la mujer no puede llamarse tal educación, sino doma, pues se propone por fin la obediencia, la pasividad y la sumisión”. Tan explícita como contundente doña Emilia. Antes que ella, su paisana Concepción Arenal (Ferrol, 31 de enero de 1820-Vigo, 4 de febrero de 1893), otra de las españolas eminentes y pionera en la España del siglo XIX de la vindicación feminista en su obra La mujer del porvenir (escrita en 1861 pero publicada en 1869), echó abajo la superioridad biológica y moral del hombre porque “la inteligencia de la mujer no es inferior a la del hombre”, por resumirlo con una de sus frases más resolutivas. Arenal denunció que la raquítica educación de las jóvenes entonces no se fundamentara en “conocimientos”, sino en el aprendizaje de “habilidades” cuya finalidad era instruirlas para el matrimonio y las labores domésticas. En este sentido, en su artículo La Educación de la Mujer postula: “Es un error grave y de los más perjudiciales, inculcar a la mujer que su misión única es la de esposa y madre […]. Lo primero que necesita la mujer es afirmar su personalidad, independientemente de su estado, y persuadirse de que, soltera, casada o viuda, tiene derechos que cumplir, derechos que reclamar, dignidad que no depende de nadie”.

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Algunos de los hitos más relevantes de doña Emilia en esa incansable lucha fueron la creación de la Biblioteca de la Mujer, donde se editaron por primera vez en España obras señeras de tema feminista como La esclavitud femenina, de Stuart Mill, y La mujer ante el socialismo, de August Bebel y su decisivo apoyo en pro de la formación y el trabajo de las mujeres

Pardo Bazán recogió el testigo de Concepción Arenal y prosiguió la ardua tarea de batirse dialécticamente con la todopoderosa oposición patriarcal en cuantas tribunas pudiera reclamar los derechos de las mujeres. Algunos de los hitos más relevantes de doña Emilia en esa incansable lucha fueron: la creación de la Biblioteca de la Mujer, donde se editaron por primera vez en España obras señeras de tema feminista como La esclavitud femenina, de Stuart Mill, y La mujer ante el socialismo, de August Bebel; su decisivo apoyo en pro de la formación y el trabajo de las mujeres; ser la primera presidenta de la sección de Literatura del Ateneo madrileño; su designación en 1910 como primera mujer integrante del Consejo de Instrucción pública, principal órgano asesor del Estado en los asuntos educativos; y, en fin, su activísima y valiosa participación en octubre de 1892 en el Congreso Pedagógico Luso-Hispano-Brasileño, en particular en la sección «Concepto y límites de la educación de la mujer y de la aptitud profesional de esta». En aquellas encendidas y polémicas sesiones se discutió si las jóvenes debían ser instruidas, como los hombres, en la cultura y los conocimientos precisos para que pudieran desempeñar todas las profesiones. Incluso se sometió a la votación de los congresistas, cuyo escrutinio fue de 260 votos a favor, 293 en contra y 89 abstenciones.

Antes, en su juiciosa ponencia titulada La educación del hombre y la mujer, sus relaciones y diferencias, Pardo Bazán desglosó pormenorizadamente las infames condiciones en que se hallaba la educación femenina en España, en contraste con la de los países más desarrollados, y en suma reivindicó el pleno derecho de las mujeres a tener una completa formación que les permitiera ejercer cualquier profesión en equivalencia e igualdad de condiciones que los hombres. En el colofón de su ponencia, dirigiéndose expresamente a los congresistas masculinos les espetó: “Aspiro, señores, a que reconozcáis que la mujer tiene destino propio; que sus primeros deberes naturales son para consigo misma, no relativos y dependientes de la entidad moral de la familia que en su día podrá constituir o no constituir; que su felicidad y dignidad personal tienen que ser el fin esencial de su cultura, y que por consecuencia de este modo de ser de la mujer, está investida del mismo derecho a la educación que el hombre, entendiéndose la palabra educación en el sentido más amplio de cuantos puedan atribuírsele”. Baste añadir este dato: las españolas aún tuvieron que esperar dieciocho años para que fueran admitidas en el ámbito universitario, ya en 1910.

Es evidente que doña Emilia se granjeó muchos enemigos y detractores por su defensa contumaz de la igualdad de derechos de la mujer. Fea, gorda y marimacho fueron algunos de los gentiles apelativos que le dedicaron personajes ilustres de la política y la literatura. Leopoldo Alas Clarín, tan anticlerical y progresista en general como tan machista y misógino en particular, en un artículo con motivo de la ponencia de Pardo Bazán en el citado congreso de 1892 la criticó de este modo: “Uno de los pruritos, casi pudiera decirse manía, de la ilustre dama consiste en el afán de mezclar a hombres y mujeres, de hacerlos andar juntos y codearse en Academias, Ateneos y Universidades. Antes hizo una gran campaña para que las señoras ilustradas pudieran ser académicas de la lengua, y ahora quiere que las jóvenes púberes vayan a cátedra con los aspirantes a bachilleres y aun con los aspirantes a licenciados. Y es más, experimentando su teoría in anima nobili, envía a una hija suya a las aulas del Instituto del Cardenal Cisneros, donde, como es natural, profesores y alumnos la consideran con el respeto que merece una señorita” (publicado en el diario El día, 15 de noviembre de 1892). Sin comentarios.

Afortunadamente, doña Emilia contó con el apoyo y la amistad de personalidades de la talla de Francisco Giner de los Ríos (que la alentó en las ideas krausistas), Joaquín Sorolla, Miguel de Unamuno, Ramón de Campoamor y por supuesto Galdós, por nombrar tan solo a unos cuantos de sus partidarios.

Afortunadamente, doña Emilia contó con el apoyo y la amistad de personalidades de la talla de Francisco Giner de los Ríos (que la alentó en las ideas krausistas), Joaquín Sorolla, Miguel de Unamuno, Ramón de Campoamor y por supuesto Galdós, por nombrar tan solo a unos cuantos de sus partidarios. Sobra decir que Pardo Bazán no se arredró nunca y continuó su personal batalla feminista tanto en sus diversos puestos de responsabilidad como, sobre todo, en su prolífica obra literaria (aparte de sus célebres novelas, llegó a escribir más de seiscientos cuentos) y en su enorme producción periodística, con más de dos mil artículos publicados. En buena parte de ellos denunció el abuso de poder del marido sobre la esposa y, muy especialmente, la violencia machista que causaba tantos asesinatos de mujeres, lo que la escritora gallega denominaba “mujercidios”, y la impunidad con que los consideraba el código penal de la época, discriminatorio e injusto. Así se quejaba amargamente en uno de dichos artículos: “El mujercidio siempre debiera penarse más que el homicidio. ¿No son los hombres nuestros amos, nuestros protectores, los fuertes, los poderosos? El abuso del poder, ¿no es circunstancia agravante? Cuando matan, a mansalva, a la mujer, ¿no debería exigírseles más estrecha cuenta? Y sin embargo, los anales de criminalidad abundan en mujercidios, impunes muchas veces”. Y en otro pasaje leemos esta terminante afirmación: “La lenidad con esta clase de crímenes es grande. Sale bastante barato dar muerte a una mujer”.

En ése y en tantos otros aspectos, nadie puede negar que Emilia Pardo Bazán fue una decidida y decisiva precursora del activismo feminista en España. Y, sin embargo, según ha declarado la historiadora Isabel Burdiel, autora de una reciente biografía de Pardo Bazán, “una cierta cultura de izquierdas en nuestro país no ha sabido encontrar la faceta rompedora de Pardo Bazán ni destacar la relevancia de su lucha feminista y de defensa de los derechos de las mujeres. Algunos le reprocharon y le reprochan sus privilegios de una clase social alta. Pero cabe recordar que, décadas más tarde, Simone de Beauvoir dijo aquello de que con los privilegios podían hacerse dos cosas: o bien sentarse encima de ellos o bien aprovecharlos para cambiar el mundo. Doña Emilia eligió la segunda opción”. Al mismo tiempo, afirma Burdiel: “Los sectores conservadores se apropiaron de Pardo Bazán para después apagar su obra […]. En parte, dejó de leerse durante décadas por el hecho de ser mujer. Ahora bien, influyó de forma decisiva que los sectores conservadores, desde la Restauración hasta el franquismo, se apropiaron de la figura de Emilia Pardo Bazán y, al mismo tiempo, apagaron su obra porque les pareció demasiado irreverente. Es decir, novelas como Insolación o Memorias de un solterón no se corresponden con el cliché de una católica devota y, por tanto, no eran asumibles para la carcundia”.

Por cierto, y a propósito de esto último, ¿qué le habría parecido a doña Emilia que el Pazo de Meirás donde vivió y escribió se lo apropiara el dictador Franco para su disfrute y el de su familia? Al cabo de este prolijo artículo necesario sobre la gran Pardo Bazán, estoy seguro de que ustedes se habrán hecho una mínima idea de la relevancia de la escritora gallega y de su actualidad ahora que el feminismo, por fin, es un movimiento imparable que está cambiando el mundo. Lean a doña Emilia, les cautivará no solamente el fervor con que denunció la desigualdad familiar y social de las mujeres y sus penurias, sino también el alcance de su vasta cultura y, en definitiva, la exquisitez de su prosa, esencial en todo escritor que se precie.

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